25 7 / 2014

Parece mentira, pero pasa otro año y poco más y cumple un lustro. Y, precisamente, un año o así hacía que no veía este corto. Cuando lo vi hace escasos meses en una maratón dedicado a la necrofilia en el cine, apenas le estaba prestando atención. Ahora, que por fin me he decidido a subirlo a Vimeo (ya podía verse en un enlace perdido de YouTube, que algún festival colgaría con motivo de su sección de cortos online, y allí se quedo, o en la web de Antena 3, con un motivo del mismo palo), lo he vuelto a ver, y con mejores ojos que nunca, o parecidos a los del momento en que lo filmamos. Me explico. No puedo evitar renegar en lo personal de aquello que sé que puedo mejorar en lo artístico. Seguro que a más de uno les suena este rollo. Pero el tiempo no es necesariamente, o siempre, un cabronazo opositor con ese pasado mejorable. Si dejamos que pase y haga de las suyas, puede hacer un justo y natural retroceso. Y no debo olvidar que, por mucho que me guste practicar la autocrítica con el más inmediato pasado, “Sabrina” es el corto que me convirtió en un director de cortos (odio la palabreja esa de cortometrajista) del rollo bis más o menos respetable, a tener en cuenta o, cuando menos, curioso. Al menos fuera de España, entre colegas, allegados o en algunos festivales.

Mi intención era contar un chiste sobre la putrefacción de las relaciones humanas, sobre lo ridículos y soplapollas que somos, sin desmerecer mi franco interés por la anormalidad, el solitario furibundo y filias tan humanas como el asesinato y la copulación con cadáveres. Y lo quería hacer sin una pizca de violencia y con un monólogo de pitorreo macabro que te hiciera cómplice de al menos un par de tabúes que en otro contexto seguro que no te harían puta la gracia… Ah, y sin que la cosa alcanzara ni 5 minutos (con créditos es un poquito más). Eso sí, con una estética visual y una serie de imágenes de alto voltaje grotesco que significaran un coito explícito con todo lo enunciado en dicho monólogo.

Viéndolo ahora, así, en HD, concentrado, sin los condicionamientos artísticos que impedían que lo valorase en su justa medida, me ha resultado tan gracioso, nihilista y visualmente personal como cuando lo escribí. Creo que Jordi captó el patetismo y la esencia de su personaje de manera virtuosa, lo cual no tenía nada de fácil. En los trabajos más humildes es donde encontramos un grado mayor de dificultad, puesto que lo reducimos todo a cuestiones de estilo y soluciones o modelos clásicos de narración, más morales o viscerales que técnicos, aunque también. Sigo manteniendo, aun así, que no me salió todo lo bien que hubiera deseado, y pude lograrlo, pero las condiciones del rodaje y las limitaciones de tiempo me lo impidieron (recuerdo un plano caro y precioso de efectos que se perdió y cierto travelling que tuvimos que editar con cortes, intercalando unos planos que rodamos por si acaso se jodía lo que al final se jodió, por no disponer de la dolly adecuada en el rodaje). En todo caso, eso es algo que veo yo más que nadie, y, con todo, creo que pudimos salir bien del paso. El resultado, como digo, lo encuentro igualmente satisfactorio. Claro que casi 3 años más tarde, me sentiría creativamente renacer y en paz conmigo mismo con “Gente cerca”, el corto por el que quiero que se me reconozca para saber de qué palo voy. Pero esa es otra historia.

28 6 / 2014

A Ted Post hay varias maneras de recordarlo, como uno de esos directores formados en TV, como alguien capaz de no creer en etapas ni regirse por normas de estilo dirigiendo a Burt Lancaster en una bélica, a Chuck Norris repartiendo estopa en una de esas, a Charlton Heston intentado razonar con un pueblo de simios parlantes en una secuela y a Clint -poli duro famoso- Eastwood recitando diálogos de Milius y Cimino en otra secuela. Quizá estas sean las más habituales, pero no hay mejor ni más memorable Ted Post que aquel entregado al terror amoral de dos títulos de ultraculto, el impepinable The Baby (1973) y este muy curioso Nightkill (1980). 
No estamos tan lejos (aunque sí muy por debajo) de los aires de perversión matemática de The Baby. Cortado por el mismo patrón de suspense televisivo idóneo para la sobremesa, Post saca jugo de un guión descaradamente simple que juega al gato y el ratón correteando por las páginas de un relato de Agatha Christie que finalmente se cansan y prefieren otro juego menos inocente, el del nihilismo sureño y perturbador del universo literario de un JIm Thompson borracho y con peligro.  
Con esta vocación de thriller aparentemente ingenuo, y tal y como su director hizo con The Baby, la peli libera al suspense clásico de su dañina coraza moral y moralista, dándole una lección de sentido común al género y riéndose de paso, por qué no, de cómo planteó y acabó Hitchcock su Frenesí (1972). Y aunque es verdad que algunos podrán hacer elucubraciones demasiado rebuscadas para ver en NIghtkill un especialmente estrepitoso grito reaccionario típico de un género a veces muy justiciero, para mí es el claro síntoma de la mala leche que debe tener el terror y el suspense, y si es en un thriller de Serie B con tufo de serie de TV de los 70 que podrías empezar a verlo con tu abuela y acabarlo con Ted Bundy, tanto mejor, porque lo indudable es que aquí hay voltaje macabro y sordidez moral suficientes para imponer la idea del arte o la sinceridad de un espectáculo emocionante sobre una enemiga común de la ficción, la puta ética.


A Ted Post hay varias maneras de recordarlo, como uno de esos directores formados en TV, como alguien capaz de no creer en etapas ni regirse por normas de estilo dirigiendo a Burt Lancaster en una bélica, a Chuck Norris repartiendo estopa en una de esas, a Charlton Heston intentado razonar con un pueblo de simios parlantes en una secuela y a Clint -poli duro famoso- Eastwood recitando diálogos de Milius y Cimino en otra secuela. Quizá estas sean las más habituales, pero no hay mejor ni más memorable Ted Post que aquel entregado al terror amoral de dos títulos de ultraculto, el impepinable The Baby (1973) y este muy curioso Nightkill (1980). 

No estamos tan lejos (aunque sí muy por debajo) de los aires de perversión matemática de The Baby. Cortado por el mismo patrón de suspense televisivo idóneo para la sobremesa, Post saca jugo de un guión descaradamente simple que juega al gato y el ratón correteando por las páginas de un relato de Agatha Christie que finalmente se cansan y prefieren otro juego menos inocente, el del nihilismo sureño y perturbador del universo literario de un JIm Thompson borracho y con peligro.  

Con esta vocación de thriller aparentemente ingenuo, y tal y como su director hizo con The Baby, la peli libera al suspense clásico de su dañina coraza moral y moralista, dándole una lección de sentido común al género y riéndose de paso, por qué no, de cómo planteó y acabó Hitchcock su Frenesí (1972). Y aunque es verdad que algunos podrán hacer elucubraciones demasiado rebuscadas para ver en NIghtkill un especialmente estrepitoso grito reaccionario típico de un género a veces muy justiciero, para mí es el claro síntoma de la mala leche que debe tener el terror y el suspense, y si es en un thriller de Serie B con tufo de serie de TV de los 70 que podrías empezar a verlo con tu abuela y acabarlo con Ted Bundy, tanto mejor, porque lo indudable es que aquí hay voltaje macabro y sordidez moral suficientes para imponer la idea del arte o la sinceridad de un espectáculo emocionante sobre una enemiga común de la ficción, la puta ética.

25 6 / 2014

ESTO es una mesa.

ESTO es una mesa.

25 6 / 2014

17 6 / 2014

17 6 / 2014

Si esto es la Costa Blanca (que no Costa del Sol, como suele decirse a veces), está Olivia Pascal y hablan de Alicante como si fuese Nueva York, tiene que ser una película de Jesús Franco, tiene que ser Colegialas violadas (1980), o Bloody moon, en su versión sin cortes.

Almodovar, de quien Franco echaba pestes, utilizó el famoso fragmento de la decapitación con sierra de esta peli para la primera escena de Matador (1986), cuando Nacho Martínez se la está pelando en su sofá viendo el consabido momento en televisión, que va siendo alternado con otras imágenes de ultraviolencia machista de Seis mujeres para el asesino (1964) de Bava. Tiene su aquel, su cierta gracia y su mucho morbo este ya mítico slasher a la europea con visos del mejor giallo y que hasta merece mayor atención y mejor rango que el más laureado Mil gritos tiene la noche (1982).

16 6 / 2014

El jefe, marcándose un solo en una de sus obras más originales y maestras, La muerte silba un blues (1964), de la que, debo decir, guardo un recuerdo especial. Hete aquí unas pocas razones, 1) fue el primero de los noirs tropicales que el tío Jess filmó con la solidez habitual que a buen recaudo salvaguardó durante los 60, por lo que la inspiración y la ilusión eran máximas y se nota, 2) es uno de sus guiones más divertidos, simpáticos y redondos, 3) sale, y mucho, María Silva y 4) la vi en cine, como ojiplático y partiéndome el pecho con ella, cuando invitaba a ello, claro, en la Filmoteca de Cataluña (la nueva, la de ahora, la del Raval), donde hubo pleno en la sala en la que se proyectaba y la gente, mucha sorprendentemente joven, disfrutó y ovacionó con fuertes y numerosos aplausos al final de la sesión como casi nunca ocurre o como yo nunca he visto en una Filmoteca. Que ocurra eso un jueves por la tarde y con una película de Jesús Franco es significativo y síntoma de una tardía justicia que reconoce por fin a aquel héroe indomable del cine español y europeo y lo presenta y lo recuerda al público, nuevo, que andaba escondido o simplemente olvidadizo.

El jefe, marcándose un solo en una de sus obras más originales y maestras, La muerte silba un blues (1964), de la que, debo decir, guardo un recuerdo especial. Hete aquí unas pocas razones, 1) fue el primero de los noirs tropicales que el tío Jess filmó con la solidez habitual que a buen recaudo salvaguardó durante los 60, por lo que la inspiración y la ilusión eran máximas y se nota, 2) es uno de sus guiones más divertidos, simpáticos y redondos, 3) sale, y mucho, María Silva y 4) la vi en cine, como ojiplático y partiéndome el pecho con ella, cuando invitaba a ello, claro, en la Filmoteca de Cataluña (la nueva, la de ahora, la del Raval), donde hubo pleno en la sala en la que se proyectaba y la gente, mucha sorprendentemente joven, disfrutó y ovacionó con fuertes y numerosos aplausos al final de la sesión como casi nunca ocurre o como yo nunca he visto en una Filmoteca. Que ocurra eso un jueves por la tarde y con una película de Jesús Franco es significativo y síntoma de una tardía justicia que reconoce por fin a aquel héroe indomable del cine español y europeo y lo presenta y lo recuerda al público, nuevo, que andaba escondido o simplemente olvidadizo.

16 6 / 2014

"

En España nos encontramos con un caos de cultura y de gustos sorprendente… lo que gusta en la Gran Vía, de pronto cae a plomo en los reestrenos, o viceversa (…) Películas que triunfan en Cataluña no pasan en Andalucía, o viceversa. Esto es grave, no porque no se pueda encontrar el tono grato a todos, sino porque, generalmente, se trata de encontrarlo, cayendo en lugares comunes, podando rasgos salientes y extraordinarios, lo que origina una lamentable pérdida de calidad.

Es preciso que a los jóvenes y las jovencitas no les de vergüenza emocionarse en el cine ante una escena sentimental, que no les azore al parecer impresionados ante una escena dramática. Esas represiones son complejos de “paleto”.

Un director debe ser, ante todo, un artista, un autor dramático. La técnica es la que está a su servicio, y su uso no puede ser otra cosa que un reflejo de su personalidad, de su forma de expresión. La condición de artista se perfecciona, se depura, pero no se aventaja; la técnica es fácil. La aprenden hasta los más torpes.

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Edgar (profeta y verdad de a puño) Neville

24 5 / 2014

27 4 / 2014

Casamajor habla, Vilches, escucha en la primera escena de “Gente Cerca”.

Casamajor habla, Vilches, escucha en la primera escena de “Gente Cerca”.

27 4 / 2014

Más buena que el agua, mejor que respirar e incluso que la otra adaptación de Clouzot. Son aseveraciones serias, religiosas, casi, rayanas en el fanatismo y la obsesión, pero nunca amor ciego o desvergonzado esnobismo. Sorcerer lo tiene todo elevado a la enésima potencia y haciendo piruetas boca abajo. Es cine sufrido, de supervivencia y trinchera, hecho a mano magullada, de estar allí, revolcándote en el barro, en la mierda, haciéndote daño. Yo, como espectador, si la siento es porque me la follo, y hasta la bailo. Ahora, por fin, por primera vez en tu puta vida, en auténticas condiciones en tu casa, para sentirla de verdad esta vez, por si fuera poco. A falta de haberla visto en cine, atrás quedan esas copias marranas de TV, VHS y DVD, todas igual. Esto es atravesar el umbral, de correrse bien. El cine es esto. La aventura es esto. Nacer, morir y, luego, por qué no, este simple disco óptico que poner a toda hostia y conservar cual tesoro.

Más buena que el agua, mejor que respirar e incluso que la otra adaptación de Clouzot. Son aseveraciones serias, religiosas, casi, rayanas en el fanatismo y la obsesión, pero nunca amor ciego o desvergonzado esnobismo. Sorcerer lo tiene todo elevado a la enésima potencia y haciendo piruetas boca abajo. Es cine sufrido, de supervivencia y trinchera, hecho a mano magullada, de estar allí, revolcándote en el barro, en la mierda, haciéndote daño. Yo, como espectador, si la siento es porque me la follo, y hasta la bailo. Ahora, por fin, por primera vez en tu puta vida, en auténticas condiciones en tu casa, para sentirla de verdad esta vez, por si fuera poco. A falta de haberla visto en cine, atrás quedan esas copias marranas de TV, VHS y DVD, todas igual. Esto es atravesar el umbral, de correrse bien. El cine es esto. La aventura es esto. Nacer, morir y, luego, por qué no, este simple disco óptico que poner a toda hostia y conservar cual tesoro.

23 4 / 2014

"Gente cerca" competirá en la Sección Oficial de la tercera edición del C-FEM, Festival de Cine Fantástico Europeo de Murcia.

"Gente cerca" competirá en la Sección Oficial de la tercera edición del C-FEM, Festival de Cine Fantástico Europeo de Murcia.

23 4 / 2014

Trailer, grato y nada sutil, de la primera novela de Cronenberg, Consumed. Salivando por consumirla y que me consuma.

23 4 / 2014

«Ya no hay personas en las películas, sino efectos, ordenadores, muñequitos programados que van y vienen. Los actores son modelos de juguetería perfeccionada, pero no miran, no palpitan, no sufren. Con suerte, prestan su voz al ridículo engaño, pero sin amor, sin odio, sin sentimientos. (…) Quizá sea útil en jardines de infancia, para entretener a los bebés, e incluso para enseñarles los primeros rudimentos. (…) He llegado a la penosa conclusión de que todo dios se pasa la decencia narrativa por la entrepierna, que están dejando de amar al cine y el cine, a ellos.» 

Berlanga in da house

Feliç dia del llibre.

«Ya no hay personas en las películas, sino efectos, ordenadores, muñequitos programados que van y vienen. Los actores son modelos de juguetería perfeccionada, pero no miran, no palpitan, no sufren. Con suerte, prestan su voz al ridículo engaño, pero sin amor, sin odio, sin sentimientos. (…) Quizá sea útil en jardines de infancia, para entretener a los bebés, e incluso para enseñarles los primeros rudimentos. (…) He llegado a la penosa conclusión de que todo dios se pasa la decencia narrativa por la entrepierna, que están dejando de amar al cine y el cine, a ellos.»

Berlanga in da house

Feliç dia del llibre.

06 4 / 2014

Recuerdo aquella tarde, reveladora y especial, de un día de octubre de 2010 en la que casualmente conocí a José María Cunillés en un viaje de ida en tren a Sitges. Ambos nos dirigíamos al mismo destino, él a su casa y yo al festival de cine al cual, por ningún motivo en especial, ni se acerca. Este señor, ya jubilado, es guionista y productor de varios títulos emblemáticos del eurohorror, el spaghetti western y la exploitation europea con coproducción de los 70 y 80 como Apocalipsis Caníbal, El Ojo en la Oscuridad, Scalps o, mi favorita de todas ellas, Apache Kid. Muy amigo de Bruno Mattei, Umberto Lenzi, Lucio Fulci y otros grandes del cine de género italiano. Curraba, sobre todo, con el primero, para quien coescribió y produjo Apocalipsis Caníbal, Scalps y Apache Kid. Coincidimos cuando, en el tren, en una conversación con un amigo, salió a colación la entonces reciente muerte de Bruno Mattei (y si no me falla la memoria, también de la de Carlos Aured). Cunillés, hombre elegante a la par que sagaz, que nos lanzaba miradas cada vez menos discretas cuando nos oía hablar de rico charcuterismo europeo embutido en celuloide, y más con las ganas de hincha con incontinencia verbal que yo suelo ponerle al asunto, se sentaba enfrente de nosotros y nos interrumpió con cierta alarma y ligero tartamudeo. «Perdón, ¿ha muerto?, ¿Bruno Mattei ha muerto?» «Sí, en 2007», respondí yo. «Vaya, no lo sabía. Yo lo conocía. Hacía años que no hablábamos y me ha sorprendido la noticia». Se presentó y nos contó, nostálgico total, pero sereno, con porte, algunas de sus batallas al lado de Mattei y Lenzi, de cuando buscaban extras de zombis africanos en el barrio chino de Barcelona para Apocalipsis Caníbal; de su intención para con esta, materializada con éxito, de parodiar el Zombi de Romero y los caníbales italianos de moda en la época; de sus cenas informales con productores y directores españoles e italianos en las que despotricaban a gusto pero con cariño contra algo que hacían con tanta ilusión como con ironía, cine. Anoche me acordé de él, y cómo. Vi Apache Kid, rodada antes o después de Scalps, quién sabe. Una clásica historia de aventuras en clave de western no menos clásico que escribió y produjo para Bruno Mattei (con su pseudónimo de Vincent Dawn que le exigieron los españoles), allá en el 86, algunos dicen que en el 87. Mattei es un nombre, como el de Fulci, Sergio Corbucci, Enzo G. Castellari y otros, que debería bastarse por sí solo para hacer ver al recién iniciado que hay vida, esplendorosa y única, más allá de Sergio Leone en el spaghetti western. La calidad en este género no sólo es patrimonio de este orondo, gafudo y barbudo tocayo mío que popularizó a Ennio Morricone. Con el mismo equipo y la misma premisa que Scalps, sorprende gratamente que Mattei y Cunillés filmaran con el clasicismo propio del género en plenos 60, porque eso no es algo que fuese habitual cuando este agonizaba. Pintar a los indios como honorables campesinos expuestos a la tiranía y crueldad sin límites del pueblo yanqui era algo que Soldado Azul ya había descrito con fiereza, pero los modos de Apache Kid, personaje inspirado en el caso real de un irlandés criado por apaches que vengó la muerte de su padre indio adoptivo a manos de un grupo de hijoputas forajidos, están lejos del jipismo progre y el gore sensacionalista de aquella, resultando un folletín de aventuras y amor polvoriento, kamikaze y ultraviolento magistralmente orquestado y sin tregua, que ennoblece el estereotipo indio y convierte al vaquero corrupto y con mala leche en divertidísimo villano de tebeo rugoso y sesentero. Ni se me va la olla ni exagero ni nada cuando veo belleza inusitada y pura poesía en todas y cada una de las imágenes que componen este puro western espiritual y con verdadero sentido de la maravilla, a las que contribuyen el curro sensacional de fotografía de Luigi Ciccarse y el del operador José Villalba. Rodaran a toda hostia o no, lo cierto es que aquí estaban todos tocados por la varita, logrando una conjunción artística y estética, muy rara en el género, ya casi a finales de los 80, que hasta la interpretación acompaña. Y si los ingredientes básicos de toda buena exploitation comercial, violencia sucia y sangrienta y sexo rijoso, son aquí valores indispensables, qué decir de la gracia de su reparto, con agradables secundarios como Charly Bravo y la Miss España Lola Forner, una sílfide natural de Benidorm, haciendo la interpretación de su vida, diría yo, y que junto al rubiales hercúleo de Sebastian Harrison y el pueblo indio, puede alardear de haber formado parte de una serie de personajes hermosos, sacrificados y puros de fantasía, de los que no vamos a encontrar tú, yo ni nadie en nuestra puñetera vida. Narrada, encima, como un cuento en tercera persona simple y cojonudo, donde impotencia, violencia, odio, amor y muerte confluyen armoniosamente hasta su fatal y único destino posible. Una de las últimas obras maestras del spaghetti western en vías de extinción. Mérito, en parte, de aquel amigo poco o nada reconocido, José María Cunillés. A él, van mis gracias y este texto.

Recuerdo aquella tarde, reveladora y especial, de un día de octubre de 2010 en la que casualmente conocí a José María Cunillés en un viaje de ida en tren a Sitges. Ambos nos dirigíamos al mismo destino, él a su casa y yo al festival de cine al cual, por ningún motivo en especial, ni se acerca. Este señor, ya jubilado, es guionista y productor de varios títulos emblemáticos del eurohorror, el spaghetti western y la exploitation europea con coproducción de los 70 y 80 como Apocalipsis Caníbal, El Ojo en la Oscuridad, Scalps o, mi favorita de todas ellas, Apache Kid. Muy amigo de Bruno Mattei, Umberto Lenzi, Lucio Fulci y otros grandes del cine de género italiano. Curraba, sobre todo, con el primero, para quien coescribió y produjo Apocalipsis Caníbal, Scalps y Apache Kid. Coincidimos cuando, en el tren, en una conversación con un amigo, salió a colación la entonces reciente muerte de Bruno Mattei (y si no me falla la memoria, también de la de Carlos Aured). Cunillés, hombre elegante a la par que sagaz, que nos lanzaba miradas cada vez menos discretas cuando nos oía hablar de rico charcuterismo europeo embutido en celuloide, y más con las ganas de hincha con incontinencia verbal que yo suelo ponerle al asunto, se sentaba enfrente de nosotros y nos interrumpió con cierta alarma y ligero tartamudeo. «Perdón, ¿ha muerto?, ¿Bruno Mattei ha muerto?» 
«Sí, en 2007», respondí yo. 
«Vaya, no lo sabía. Yo lo conocía. Hacía años que no hablábamos y me ha sorprendido la noticia». 
Se presentó y nos contó, nostálgico total, pero sereno, con porte, algunas de sus batallas al lado de Mattei y Lenzi, de cuando buscaban extras de zombis africanos en el barrio chino de Barcelona para Apocalipsis Caníbal; de su intención para con esta, materializada con éxito, de parodiar el Zombi de Romero y los caníbales italianos de moda en la época; de sus cenas informales con productores y directores españoles e italianos en las que despotricaban a gusto pero con cariño contra algo que hacían con tanta ilusión como con ironía, cine. 

Anoche me acordé de él, y cómo. Vi Apache Kid, rodada antes o después de Scalps, quién sabe. Una clásica historia de aventuras en clave de western no menos clásico que escribió y produjo para Bruno Mattei (con su pseudónimo de Vincent Dawn que le exigieron los españoles), allá en el 86, algunos dicen que en el 87. Mattei es un nombre, como el de Fulci, Sergio Corbucci, Enzo G. Castellari y otros, que debería bastarse por sí solo para hacer ver al recién iniciado que hay vida, esplendorosa y única, más allá de Sergio Leone en el spaghetti western. La calidad en este género no sólo es patrimonio de este orondo, gafudo y barbudo tocayo mío que popularizó a Ennio Morricone. 

Con el mismo equipo y la misma premisa que Scalps, sorprende gratamente que Mattei y Cunillés filmaran con el clasicismo propio del género en plenos 60, porque eso no es algo que fuese habitual cuando este agonizaba. Pintar a los indios como honorables campesinos expuestos a la tiranía y crueldad sin límites del pueblo yanqui era algo que Soldado Azul ya había descrito con fiereza, pero los modos de Apache Kid, personaje inspirado en el caso real de un irlandés criado por apaches que vengó la muerte de su padre indio adoptivo a manos de un grupo de hijoputas forajidos, están lejos del jipismo progre y el gore sensacionalista de aquella, resultando un folletín de aventuras y amor polvoriento, kamikaze y ultraviolento magistralmente orquestado y sin tregua, que ennoblece el estereotipo indio y convierte al vaquero corrupto y con mala leche en divertidísimo villano de tebeo rugoso y sesentero. Ni se me va la olla ni exagero ni nada cuando veo belleza inusitada y pura poesía en todas y cada una de las imágenes que componen este puro western espiritual y con verdadero sentido de la maravilla, a las que contribuyen el curro sensacional de fotografía de Luigi Ciccarse y el del operador José Villalba. 

Rodaran a toda hostia o no, lo cierto es que aquí estaban todos tocados por la varita, logrando una conjunción artística y estética, muy rara en el género, ya casi a finales de los 80, que hasta la interpretación acompaña. Y si los ingredientes básicos de toda buena exploitation comercial, violencia sucia y sangrienta y sexo rijoso, son aquí valores indispensables, qué decir de la gracia de su reparto, con agradables secundarios como Charly Bravo y la Miss España Lola Forner, una sílfide natural de Benidorm, haciendo la interpretación de su vida, diría yo, y que junto al rubiales hercúleo de Sebastian Harrison y el pueblo indio, puede alardear de haber formado parte de una serie de personajes hermosos, sacrificados y puros de fantasía, de los que no vamos a encontrar tú, yo ni nadie en nuestra puñetera vida. Narrada, encima, como un cuento en tercera persona simple y cojonudo, donde impotencia, violencia, odio, amor y muerte confluyen armoniosamente hasta su fatal y único destino posible. Una de las últimas obras maestras del spaghetti western en vías de extinción. Mérito, en parte, de aquel amigo poco o nada reconocido, José María Cunillés. A él, van mis gracias y este texto.