06 4 / 2014

Recuerdo aquella tarde, reveladora y especial, de un día de octubre de 2010 en la que casualmente conocí a José María Cunillés en un viaje de ida en tren a Sitges. Ambos nos dirigíamos al mismo destino, él a su casa y yo al festival de cine al cual, por ningún motivo en especial, ni se acerca. Este señor, ya jubilado, es guionista y productor de varios títulos emblemáticos del eurohorror, el spaghetti western y la exploitation europea con coproducción de los 70 y 80 como Apocalipsis Caníbal, El Ojo en la Oscuridad, Scalps o, mi favorita de todas ellas, Apache Kid. Muy amigo de Bruno Mattei, Umberto Lenzi, Lucio Fulci y otros grandes del cine de género italiano. Curraba, sobre todo, con el primero, para quien coescribió y produjo Apocalipsis Caníbal, Scalps y Apache Kid. Coincidimos cuando, en el tren, en una conversación con un amigo, salió a colación la entonces reciente muerte de Bruno Mattei (y si no me falla la memoria, también de la de Carlos Aured). Cunillés, hombre elegante a la par que sagaz, que nos lanzaba miradas cada vez menos discretas cuando nos oía hablar de rico charcuterismo europeo embutido en celuloide, y más con las ganas de hincha con incontinencia verbal que yo suelo ponerle al asunto, se sentaba enfrente de nosotros y nos interrumpió con cierta alarma y ligero tartamudeo. «Perdón, ¿ha muerto?, ¿Bruno Mattei ha muerto?» «Sí, en 2007», respondí yo. «Vaya, no lo sabía. Yo lo conocía. Hacía años que no hablábamos y me ha sorprendido la noticia». Se presentó y nos contó, nostálgico total, pero sereno, con porte, algunas de sus batallas al lado de Mattei y Lenzi, de cuando buscaban extras de zombis africanos en el barrio chino de Barcelona para Apocalipsis Caníbal; de su intención para con esta, materializada con éxito, de parodiar el Zombi de Romero y los caníbales italianos de moda en la época; de sus cenas informales con productores y directores españoles e italianos en las que despotricaban a gusto pero con cariño contra algo que hacían con tanta ilusión como con ironía, cine. Anoche me acordé de él, y cómo. Vi Apache Kid, rodada antes o después de Scalps, quién sabe. Una clásica historia de aventuras en clave de western no menos clásico que escribió y produjo para Bruno Mattei (con su pseudónimo de Vincent Dawn que le exigieron los españoles), allá en el 86, algunos dicen que en el 87. Mattei es un nombre, como el de Fulci, Sergio Corbucci, Enzo G. Castellari y otros, que debería bastarse por sí solo para hacer ver al recién iniciado que hay vida, esplendorosa y única, más allá de Sergio Leone en el spaghetti western. La calidad en este género no sólo es patrimonio de este orondo, gafudo y barbudo tocayo mío que popularizó a Ennio Morricone. Con el mismo equipo y la misma premisa que Scalps, sorprende gratamente que Mattei y Cunillés filmaran con el clasicismo propio del género en plenos 60, porque eso no es algo que fuese habitual cuando este agonizaba. Pintar a los indios como honorables campesinos expuestos a la tiranía y crueldad sin límites del pueblo yanqui era algo que Soldado Azul ya había descrito con fiereza, pero los modos de Apache Kid, personaje inspirado en el caso real de un irlandés criado por apaches que vengó la muerte de su padre indio adoptivo a manos de un grupo de hijoputas forajidos, están lejos del jipismo progre y el gore sensacionalista de aquella, resultando un folletín de aventuras y amor polvoriento, kamikaze y ultraviolento magistralmente orquestado y sin tregua, que ennoblece el estereotipo indio y convierte al vaquero corrupto y con mala leche en divertidísimo villano de tebeo rugoso y sesentero. Ni se me va la olla ni exagero ni nada cuando veo belleza inusitada y pura poesía en todas y cada una de las imágenes que componen este puro western espiritual y con verdadero sentido de la maravilla, a las que contribuyen el curro sensacional de fotografía de Luigi Ciccarse y el del operador José Villalba. Rodaran a toda hostia o no, lo cierto es que aquí estaban todos tocados por la varita, logrando una conjunción artística y estética, muy rara en el género, ya casi a finales de los 80, que hasta la interpretación acompaña. Y si los ingredientes básicos de toda buena exploitation comercial, violencia sucia y sangrienta y sexo rijoso, son aquí valores indispensables, qué decir de la gracia de su reparto, con agradables secundarios como Charly Bravo y la Miss España Lola Forner, una sílfide natural de Benidorm, haciendo la interpretación de su vida, diría yo, y que junto al rubiales hercúleo de Sebastian Harrison y el pueblo indio, puede alardear de haber formado parte de una serie de personajes hermosos, sacrificados y puros de fantasía, de los que no vamos a encontrar tú, yo ni nadie en nuestra puñetera vida. Narrada, encima, como un cuento en tercera persona simple y cojonudo, donde impotencia, violencia, odio, amor y muerte confluyen armoniosamente hasta su fatal y único destino posible. Una de las últimas obras maestras del spaghetti western en vías de extinción. Mérito, en parte, de aquel amigo poco o nada reconocido, José María Cunillés. A él, van mis gracias y este texto.

Recuerdo aquella tarde, reveladora y especial, de un día de octubre de 2010 en la que casualmente conocí a José María Cunillés en un viaje de ida en tren a Sitges. Ambos nos dirigíamos al mismo destino, él a su casa y yo al festival de cine al cual, por ningún motivo en especial, ni se acerca. Este señor, ya jubilado, es guionista y productor de varios títulos emblemáticos del eurohorror, el spaghetti western y la exploitation europea con coproducción de los 70 y 80 como Apocalipsis Caníbal, El Ojo en la Oscuridad, Scalps o, mi favorita de todas ellas, Apache Kid. Muy amigo de Bruno Mattei, Umberto Lenzi, Lucio Fulci y otros grandes del cine de género italiano. Curraba, sobre todo, con el primero, para quien coescribió y produjo Apocalipsis Caníbal, Scalps y Apache Kid. Coincidimos cuando, en el tren, en una conversación con un amigo, salió a colación la entonces reciente muerte de Bruno Mattei (y si no me falla la memoria, también de la de Carlos Aured). Cunillés, hombre elegante a la par que sagaz, que nos lanzaba miradas cada vez menos discretas cuando nos oía hablar de rico charcuterismo europeo embutido en celuloide, y más con las ganas de hincha con incontinencia verbal que yo suelo ponerle al asunto, se sentaba enfrente de nosotros y nos interrumpió con cierta alarma y ligero tartamudeo. «Perdón, ¿ha muerto?, ¿Bruno Mattei ha muerto?» 
«Sí, en 2007», respondí yo. 
«Vaya, no lo sabía. Yo lo conocía. Hacía años que no hablábamos y me ha sorprendido la noticia». 
Se presentó y nos contó, nostálgico total, pero sereno, con porte, algunas de sus batallas al lado de Mattei y Lenzi, de cuando buscaban extras de zombis africanos en el barrio chino de Barcelona para Apocalipsis Caníbal; de su intención para con esta, materializada con éxito, de parodiar el Zombi de Romero y los caníbales italianos de moda en la época; de sus cenas informales con productores y directores españoles e italianos en las que despotricaban a gusto pero con cariño contra algo que hacían con tanta ilusión como con ironía, cine. 

Anoche me acordé de él, y cómo. Vi Apache Kid, rodada antes o después de Scalps, quién sabe. Una clásica historia de aventuras en clave de western no menos clásico que escribió y produjo para Bruno Mattei (con su pseudónimo de Vincent Dawn que le exigieron los españoles), allá en el 86, algunos dicen que en el 87. Mattei es un nombre, como el de Fulci, Sergio Corbucci, Enzo G. Castellari y otros, que debería bastarse por sí solo para hacer ver al recién iniciado que hay vida, esplendorosa y única, más allá de Sergio Leone en el spaghetti western. La calidad en este género no sólo es patrimonio de este orondo, gafudo y barbudo tocayo mío que popularizó a Ennio Morricone. 

Con el mismo equipo y la misma premisa que Scalps, sorprende gratamente que Mattei y Cunillés filmaran con el clasicismo propio del género en plenos 60, porque eso no es algo que fuese habitual cuando este agonizaba. Pintar a los indios como honorables campesinos expuestos a la tiranía y crueldad sin límites del pueblo yanqui era algo que Soldado Azul ya había descrito con fiereza, pero los modos de Apache Kid, personaje inspirado en el caso real de un irlandés criado por apaches que vengó la muerte de su padre indio adoptivo a manos de un grupo de hijoputas forajidos, están lejos del jipismo progre y el gore sensacionalista de aquella, resultando un folletín de aventuras y amor polvoriento, kamikaze y ultraviolento magistralmente orquestado y sin tregua, que ennoblece el estereotipo indio y convierte al vaquero corrupto y con mala leche en divertidísimo villano de tebeo rugoso y sesentero. Ni se me va la olla ni exagero ni nada cuando veo belleza inusitada y pura poesía en todas y cada una de las imágenes que componen este puro western espiritual y con verdadero sentido de la maravilla, a las que contribuyen el curro sensacional de fotografía de Luigi Ciccarse y el del operador José Villalba. 

Rodaran a toda hostia o no, lo cierto es que aquí estaban todos tocados por la varita, logrando una conjunción artística y estética, muy rara en el género, ya casi a finales de los 80, que hasta la interpretación acompaña. Y si los ingredientes básicos de toda buena exploitation comercial, violencia sucia y sangrienta y sexo rijoso, son aquí valores indispensables, qué decir de la gracia de su reparto, con agradables secundarios como Charly Bravo y la Miss España Lola Forner, una sílfide natural de Benidorm, haciendo la interpretación de su vida, diría yo, y que junto al rubiales hercúleo de Sebastian Harrison y el pueblo indio, puede alardear de haber formado parte de una serie de personajes hermosos, sacrificados y puros de fantasía, de los que no vamos a encontrar tú, yo ni nadie en nuestra puñetera vida. Narrada, encima, como un cuento en tercera persona simple y cojonudo, donde impotencia, violencia, odio, amor y muerte confluyen armoniosamente hasta su fatal y único destino posible. Una de las últimas obras maestras del spaghetti western en vías de extinción. Mérito, en parte, de aquel amigo poco o nada reconocido, José María Cunillés. A él, van mis gracias y este texto.

29 3 / 2014

Fuck yeah!

Fuck yeah!

24 3 / 2014

El magistral plano final aéreo de la incomprendida ¡Vivan los novios!. Piña de mindundis y desgraciados formando una araña gigante digna de cualquier SF paranoide de los 50, representación definitiva de la España negra, absurda y cretina que hoy, tristemente, vuelve a tener enorme resonancia.

El magistral plano final aéreo de la incomprendida ¡Vivan los novios!. Piña de mindundis y desgraciados formando una araña gigante digna de cualquier SF paranoide de los 50, representación definitiva de la España negra, absurda y cretina que hoy, tristemente, vuelve a tener enorme resonancia.

20 3 / 2014

Anónimo preguntó: Muchas gracias por aclararme lo de los formatos. A todo esto ¿qué opinas de la saga Phantasm? ¿Te gustan las cuatro películas?. Ya hay ganas de ver tu nuevo corto, !suerte con ello!

Hostia, no sé cuánto tiempo tiene esto; las preguntas y mensajes vía Tumblr parecen llegar a una zona muerta que ni notifica ni tiene memoria. 

De nada. Hay que andarse con ojo con ese tema. Los soportes caseros de proyección machacan los formatos por todos los lados del recuadro, que si la TV o el vídeo analógico eliminando el ancho panorámico y el disco óptico, eliminando el cuadrado con la añadidura de bandas negras arriba y abajo de la imagen, aunque esto último es menos habitual. Es importante percatarse del origen de la proyección, ser un poco Sherlock Holmes. 

Pienso que la saga Phantasm es una de las más imaginativas y delirantes que ha parido el cine fantástico y de terror sin filtros. Sabrás que la primera supuso una pequeña revolución, y en una época en la que el terror independiente, hecho con colegas prácticamente, daba de comer a mucha gente, tiene doble mérito. A veces los éxitos de ciertas pelis son engañosos, y al primer Phantasm muchos podrían achacarle su éxito al reclamo de las esferas voladoras que te abren un grifo en la frente con sus cuchillas que flipas y ya, pero no, ni siquiera la escalofriante presencia de ese gran actor desaprovechado y gentleman a lo Christopher Lee que es Angus Scrimm como el Hombre alto sería el motivo. Su genio, mordiente, ausencia de tópicos molestos y el talento innato para la sorpresa de aquel Don Coscarelli (que nunca se ha igualado o superado a sí mismo después de Phantasm), tienen realmente la culpa. Es una obra maestra con hallazgos visuales e iconográficos (los dwarfs brujos del más allá con más lepra que un leprechaun, en realidad, zombis esclavos del Hombre alto; las zonas ocultas que abren puertas a dimensiones que hacen que te cagues de miedo; el cementerio como escenario de antología; Reggie Bannister con su coleta y su guitarra española…) únicos en el género, con ese final de puta madre (“¡booooy!”).

Las secuelas me gustan, especialmente la tercera, que es ya una comedia chusca, chusca, algo ingeniosa, con zombis gilipollas que conducen, un niño Rambo repelente, una negra salida de un exploit italiano de Mad Max, Reggie Bannister como ya descerebrado icono sexual de la serie B y más sangre y pus que en las anteriores. Pero para mí la saga es una trilogía; la cuarta no me enrolla, es un sin pies ni cabeza autoconsciente con relleno de flash backs con escenas de las anteriores. Eso sí, aunque divertidas, especiales y memorables las dos primeras, ninguna de ellas es deudora de la originalidad y la representación del terror obsesivo y profundamente macabro de la genial primera entrega, relegadas un poco a lo fácil.

Mi nuevo corto, que si me has seguido hasta ahora sabrás cuál, es éste: https://es-es.facebook.com/gentecercacorto

Se ha visto en algunos sitios, y pronto podrá verse en Barcelona, que hay planeado estreno en sala.

Gracias por los ánimos y el interés, y disculpas por la tardanza en responder.

15 3 / 2014

Y como hoy es su día, descubramos aún más lo que es capaz de hacer el director de Crash. Este corto lo rodó para el 25 aniversario del Festival Internacional de Cine de Toronto, entre eXistenZ y Spider. En 6 entrañables y melancólicos minutos se las arregla para hablar en parte de aquello que dijo Borroughs y que Cronenberg hizo tan suyo: “la palabra engendra imagen y la imagen engendra virus.” La cámara no entiende de edad, enfermedad, corrupción o muerte, es sólo pasión, amor en su máxima expresión, como decía Godard, un catalizador, un inmortalizador, un… Joder, qué puto cumpleaños más denso.

15 3 / 2014

Hoy cumple 71 cojonudos años quien Scorsese definió como el máximo representante del siglo XX, David Cronenberg, ese virus creativo que merodea divertido por la tecnología que le da la vida, la pantalla, el cine y el vídeo, con miras a convertirse en un Doctor O’Blivion de recuerdos para los anales (los que se petan en Crash y hablan en Naked Lunch, sobre todo). Poeta de una necesaria degeneración, escultor de la belleza exterior del monstruo, consultor de las demandas de la psique rebelde o sencillamente jodida, colega enrollado del rollo vírico y el nuevo yo, inseparable de la carne y su fisiología perversa, este puto viejo genial aún no lo ha dicho todo. Necesitamos que siga explicándonos qué nos pasa por dentro, para aceptar lo que nos pase por fuera. Felicidades, cabrón.

Hoy cumple 71 cojonudos años quien Scorsese definió como el máximo representante del siglo XX, David Cronenberg, ese virus creativo que merodea divertido por la tecnología que le da la vida, la pantalla, el cine y el vídeo, con miras a convertirse en un Doctor O’Blivion de recuerdos para los anales (los que se petan en Crash y hablan en Naked Lunch, sobre todo). Poeta de una necesaria degeneración, escultor de la belleza exterior del monstruo, consultor de las demandas de la psique rebelde o sencillamente jodida, colega enrollado del rollo vírico y el nuevo yo, inseparable de la carne y su fisiología perversa, este puto viejo genial aún no lo ha dicho todo. Necesitamos que siga explicándonos qué nos pasa por dentro, para aceptar lo que nos pase por fuera. Felicidades, cabrón.

12 3 / 2014

09 3 / 2014

09 3 / 2014

Tanto comerse a Raúl y escenografiar lucha de sexos que a la gente se le olvida que ésta es realmente la obra maestra de Paul Bartel. Nunca dejemos de agradecer que el disco óptico nos descubra versiones sin cortes y con formato de maravillosas locuras como esta, que piden y merecen reivindicación, pleitesía y amour fou incondicional.

Tanto comerse a Raúl y escenografiar lucha de sexos que a la gente se le olvida que ésta es realmente la obra maestra de Paul Bartel. Nunca dejemos de agradecer que el disco óptico nos descubra versiones sin cortes y con formato de maravillosas locuras como esta, que piden y merecen reivindicación, pleitesía y amour fou incondicional.

06 3 / 2014

06 3 / 2014

06 3 / 2014

06 3 / 2014

27 2 / 2014

Primeras copias en DVD de “Gente Cerca”.

Primeras copias en DVD de “Gente Cerca”.

15 2 / 2014